Libros que nos gustan

Kitschfilm

Carlos Piegari. Ediciones El Transbordador, 2018.


En esta entrada publicamos una reseña de Kitschfilm, escrita por Osvaldo Mazal, acompañada de un comentario a esa reseña, hecha por Alberto Szretter.


En la casa de mis padres había un par de cuadros al óleo pintados por Adolf Neunteufel, el alemán de las botas. Uno de ellos lo recuerdo claramente: la imagen, valga la redundancia, intentaba representar la intensa claridad de una noche de luna llena en la selva. Mis padres le habían comprado a Neunteufel dos o tres de esos cuadritos que él andaba vendiendo por las calles de Posadas. El tipo siempre se quedaba un rato a charlar con mi viejo, bajaba caminando con sus eternas y gastadas botas de cuero de caña alta, pipa en boca y cuadro bajo el sobaco por la calle San Martín, seguro yendo hacia el puerto de Posadas, donde ahora me entero de que vivía con su familia en un lanchón, y se detenía en el negocio, a vender o a conversar con mi padre. Acabo de leer Kitschfilm, de Carlos Piégari, cuyo personaje central es precisamente Neunteufel, y ese alemán de las botas va creciendo en mí como un sueño o un tumor.

¿Qué es Kitschfilm? Kitschfilm se presenta como una novela. ¿Es una novela? Theodor Adorno, uno de los grandes teóricos de las vanguardias artísticas, decía allá por mediados del siglo XX que las únicas obras que en ese momento valían la pena, no eran obras. Tradúzcase a nuestro caso; las únicas novelas que hoy en día valen la pena, no son novelas. No son novelas en un sentido orgánico, no son un organismo en el que todas las partes tienen entre sí y con el todo de la obra una relación funcional, como los órganos de un cuerpo. Todo lo contrario, en estas llamémoslas anti-novelas, o novelas no orgánicas, las partes que las integran vienen de diferentes lugares, y son montadas a la manera de un collage. Otra manera de contar una historia la de estas novelas “inorgánicas”, diría Peter Burger. Una manera creada en el siglo XX, a partir de las vanguardias.

¿Qué historia narra esta novela/collage de Piégari? Piglia dijo alguna vez que cualquier relato, en última instancia, narra una investigación o un viaje. Kitschfilm decidió narrar las dos cosas. Si bien uno podría considerar a este libro una especie de intento de biografía de Adolf Neunteufel, en realidad se centra más bien en ese viaje que Neunteufel (en alemán significa “nueve diablos”) realizó a través de las selvas paraguayas en la década del treinta, cazando animales para enviar a museos e instituciones alemanas y austríacas, y su posterior regreso a Europa donde integró el ejército alemán durante la segunda guerra. Otro largo viaje, quizá más tenebroso que el anterior. Y la investigación que se despliega en Kitschfilm, va desmontando diferentes recorridos de búsqueda e interpretación de información, en relación con la construcción del personaje de Adolf Nuevediablos.

Que era nazi. Y quizá por eso ahora crece en mí como un sueño o un tumor. Probablemente era un nazi de baja intensidad, un perejil, digamos, uno más de millones que creyeron ingenuamente en las bondades de la barbarie hitleriana. Aunque aparentemente durante la guerra habría oficiado de traductor en sesiones de tortura de las SS. Digo “aparentemente” porque, la mitad, digamos, de esta novela, la que trata de una investigación, es profundamente ficcional. En esa investigación se apilan o entrecruzan o alternan, como en uno de los tantos acertijos a develar, las consideraciones o comentarios del narrador/investigador, con los de una traductora del libro de Neunteufel escrito en alemán, y los de dos colaboradores. Y a ellos se suman tres personajes ficcionales o, quizá, un personaje triple que también investiga la cuestión, sigue la pista de Neunteufel por múltiples caminos y momentos. Los personajes dobles son un recurso habitual en las narraciones, no así los triples. Tríada que uno (yo, al menos) no llega a dilucidar en este caso si en verdad es sincrónica o diacrónica. Quiero decir: si ese triplete de personajes Florian Antúnez / Florian Magnus / Florian Brozek coexiste temporalmente, o si uno de los Florianes sucede al otro. O si son las dos cosas, Florianes a la vez contemporáneos y sucesivos. Porque habitan momentos históricos diferentes, y por eso pertenecen a una “tradición de los informadores”, pero a la vez se reúnen en fantasmales sesiones de una “Conferencia Secreta”, en las que además participa también anacrónicamente el célebre filósofo del siglo XVII Baruch Spinoza, judío por otra parte, pero judío excomulgado, para hablar precisamente de los cadáveres, de los cuerpos amontonados. Tema que frente a un universo nazi como el que aquí se despliega, siempre es pertinente.

El collage narrativo general de Kitschfilm se estructura mediante unos 25 capítulos, con 100 subcapítulos, en los que se van alternando los avatares de la investigación acerca de Adolf Nuevediablos, con narraciones diversas, y con traducciones de fragmentos del libro Yasí-yateré. Acht Jahre Tierfang und Jagd im Urwald von Paraguay (“Yasí-yateré. Ocho años de captura y caza de animales en la selva de Paraguay”), escrito hace unos ochenta años precisamente por Adolf Nuevediablos para narrar su primera aventura en Paraguay. Y aquí está una de las tantas trampas de Kitschfilm. Porque el libro Kitschfilm, más que la investigación de un viaje como emblema o hito de una biografía, es la historia de otro libro, y del hallazgo de ese otro libro. Y cuyo descubrimiento por parte del narrador (el autor, aclaremos para no oscurecer) y su mujer, se produce en lo que aquí podríamos llamar con ciertas reservas “la realidad”, más específicamente en una librería de viejo de la ciudad alemana de Kassel, en el año 2007, en ocasión de la exposición internacional de arte contemporáneo denominada “documenta”.

Entonces: Kitschfilm es un libro que habla de una investigación, y de un viaje, y de otro libro. Y ese otro libro a su vez narra un viaje. En esa dimensión abismal de cajas chinas, nuestra novela / collage avanza con diversos leit motiv y repeticiones (duplicaciones, triplicaciones).

A modo de ejemplo: así como hay tres (¿quizá cuatro?) Florianes, hay un trío de nazis-ornitólogos relacionados entre sí, que es descubierto por el “Cerebro Mágico de la Kassel Konection”: nuestro Adolf Nuevediablos, más Joachim Steinbacher, más Gunther Niethamer. El segundo de ellos guardián del campo de concentración de Auschwitz, el tercero editor de una revista de ornitología. “Los tres caballeros de Disney”, así los bautiza el narrador. Adorno decía que después de Auschwitz no podía haber poesía, pero durante Auschwitz si hubo ornitología, uno de los guardias de ese infierno investigaba en simultáneo los pájaros de la región. Delicias de la barbarie.

Y no solo proliferan las analogías en Kitschfilm, también alegorías como la de la “Gran Rueda del destino”, que puede consistir por ejemplo en una perinola tirada por alguno de los tres Florian o por el filósofo Spinoza en una fantasmal casa rodante de un camping cercano a Barcelona, y que se asocia repetidamente a la piedra/rueda del molino con la que se sumergió a San Florian, un soldado romano del siglo IV, defensor de los cristianos de Austria, que fue martirizado al atarle una piedra de molino al cuello y arrojarlo al río. San Florian… No hay entonces solo tres Florianes aquí, hay al menos cuatro. Y en el jardín de Arthur, cliente posadeño de Adolf Nuevediablos en la ciudad de Posadas de los años cincuenta a setenta… también hay una piedra de molino tirada entre las plantas.

Tal complejidad analógica y alegórica presenta este collage narrativo. “Proyecto Neunteufel”, se lo denomina por ahí… ¿Proyecto de investigación? ¿Proyecto de narración? ¿Proyecto de Obra de Arte Conceptual? No en vano nació esta idea al calor de la exposición documenta de Kassel del año 2007, cuando el autor y su mujer descubrieron el libro de Adolf Nuevediablos. Y lo que vale en el arte conceptual es la idea, que siempre somete a sus materiales, rompe sus conexiones “originales” con el mundo y engendra otras. En varios pasajes del texto, aparece el mencionado “Cerebro mágico de la Kassel Konnection” que se enciende y echa chispas y hasta “estalla por sobrecarga” frente a cada hallazgo, a cada dato histórico o biográfico interesante; o sea, frente a cada material apto para ser torsionado y puesto en contacto con otros. Cualquier similitud con las peripecias e iluminaciones que suelen sucederse en el transcurso de la generación de una obra de arte moderno, es pura casualidad.

Podría continuar mencionando la banda de las polaquitas, otra tierna y a la vez trágica dimensión ficcional insertada a esta investigación, que no se cansa de contaminar la dimensión documental con fragmentos de ficción, y viceversa. Y podría seguir con los testimonios del hijo de Adolf Nuevediablos, Rolf, o con numerosos fragmentos comentados del libro de Adolf que engendró este Kitschfilm. Pero para terminar es más productivo comentar el “Libro de cuentas / cuentos” con el que se cierra el libro, un dossier de imágenes que, como corresponde, más que aclarar, oscurece. Porque también consiste en una serie de collages: las fotografías y dibujos seleccionados sufren una intervención similar a la de los datos y acontecimientos incluidos en la narración de la novela, se insertan en la tradición de los emblemas barrocos o los collages dadaístas. Es otra vez la mano del artista, en este caso Sonia Abián, mujer de Carlos Piégari, con la colaboración de Grzegorz Baczak, la que selecciona fragmentos (fotografías, documentos, dibujos) asociados a la vida de Adolf Neunteufel pero venidos en cada caso de diferentes contextos, monta con ellos cada collage, y da a cada uno de ellos una impresión de totalidad mediante un título. Esta infinita variedad de perspectivas, al agregar todo el tiempo información (documental o ficcional, no importa) al asunto con el que se enfrenta Kitschfilm, no reduce la ambigüedad creciente sino que la aumenta, prolifera como esas cañas tropicales que una vez enraizadas no dejan de tramar bajo tierra un rizoma indestructible. Y que hace que yo, lector, intuya que el universo de Adolf Nuevediablos, el nazi de las botas que hace cincuenta años conversaba amablemente y vendía sus cuadros a mi viejo, comerciante judío de la calle Buenos Aires de Posadas, Misiones, Argentina, está creciendo por dentro. Como un sueño, o un tumor.


Osvaldo Mazal. (Posadas, Misiones, Argentina, 1955). Ingeniero civil, Universidad de Buenos Aires. Llicenciado en letras y magister en semiótica discursiva, Universidad Nacional de Misiones. Profesor de Teoría Literaria e investigador en la UNaM. Publicó Mundos-Diálogos-Silencios, (Coedición Libros de Tierra Firme y Editorial Universitaria de Misiones), que mereció el 2° Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, la novela Darwin poeta (Aurelia Rivera libros), merecedora del 1° Premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes, y participó en antologías de poesía y cuentos. La ciudad de Posadas le otorgó el Premio Municipal de Letras “Arandú”, primero como autor inédito y luego por la obra editada. Como productor y conductor de programas radiales, ganó cuatro premios Martín Fierro, otorgados por APTRA en el rubro cultural-educativo para el interior del país, por su programa literario De Cronopios.


NEUNTEUFEL

Para Osvaldo Mazal

Me gusta pensar que literario es aquello que tiene la capacidad de remitir a otra cosa, a otro escrito, y sobre todo a otro espacio o tiempo. Por eso, más de una vez se me ocurrió que cuando una narración se agota al dar vuelta sus páginas o cerrar las tapas de su libro, no goza de buena intensidad literaria; que es esa inquietud que nos envía a remover bibliografía o a sacudir las telas de araña de los recuerdos.

Viene a cuento esto a raíz de que no leí Kitschfilm, pero leí la reseña que hizo Osvaldo Mazal. La ignorancia de una obra no importa si reverbera en un comentario. Además, que yo llegue a un ejemplar de Piegari solo es cuestión de la duración corta que media hasta que lo consiga. Ya me ha acercado Osvaldo, dando atisbos, y sobre todo otorgándome aquella facultad de enviarme a otra época, a otras historias, a otras nostalgias.

Yo conocí a Neunteufel. 

Quizás como Mazal, de verlo caminar las veredas con grandes trancos, con sus botas de caña larga, su pipa, su soledad, yendo de aquí para allá para vender sus cuadros. Delgado, alto, callado, era un hombre raro en el pueblo que entonces era la capital de la provincia, que tenía a Toro, a Pata Bolí, a Mandové Pedrozo, y a otros personajes como el poeta Clavero, un criptocomunista, de barba fidelcastriana y que según papá redactaba libelos contra sí mismo, para promocionarse de manera inversa, o sea denostándose (en forma anónima), mientras escribía en las mesas de los bares posadeños, versos contestatarios y de amor, que si no, no se es poeta ni de cerca.

Eran tiempos de los bailes de clubes, y se estaba por abandonar la costumbre de dar vuelta la plaza 9 de Julio, los varones en un sentido, las mujeres en otro; de los primeros boliches, de Pozo Uno, por ejemplo. 

Para nosotros, en el secundario, se venía la etapa de los Gatos y la Balsa, el par simple con timonel en el Rowing que menta Osvaldo en su libro inclasificable, y … ¡los libros! 

Cuento esto porque la referencia a don Neunteufel en una novela (que no leí) me trae una marea de evocación de un pasado maravilloso, que es justamente el poder de la literatura. 

¿Qué más puedo pedir?

Quiero narrar dos aproximaciones a don Adolf que había olvidado y que ahora salen a la superficie como boyas infladas de gas que estuvieron sumergidas.

Una se dio en la pinturería Madiona, que quedaba en la esquina de las calles Bolívar y Junín.

Después de mucho dudar, ingresé a ese local a comprar un aerosol. Es que estaba entre avergonzado y con miedo, como alguien que va a una farmacia a comprar un preservativo y justo se desocupa no el muchacho que atiende, sino la empleada. Quería el aerosol para hacer una pintada nocturna en la pared de un baldío. Vaya a saber uno, ahora, cuál era la consigna. ¡Ah! esos años ’60 de revueltas juveniles, rock y pelo largo.

Ya adentro del negocio observé que estaba Neunteufel seleccionando, con otros elementos, un par de pinceles grandes, tipo brocha, y unas latas de pintura al aceite: unos tarritos Alba de 250 ml. Se me fue el alma a los pies. Mejor dicho, el empacho que me embargaba fue ganado por el asombro. Es que yo creía que los pintores debían obtener sus colores de diferentes selectos pomos de óleo, distribuidos en una paleta con determinados tonos y matices, logrados con pinceles delicados y espátulas sutiles. Nunca pensé que un artista plástico llevaría un bidón de thinner en vez de un frasquito de trementina; ni un rodillo, paños tipo estopa o rejilla, y lijas gruesas de carpintero, o estuco de albañil.  Siempre los idealicé como artistas refinados de atelier, trabajando con leves herramientas, en gráciles atriles y bastidores, como trampas para enganchar la belleza.

El otro acercamiento a Neunteufel (¡qué cosa! siempre creí que era Neuteufel, que cambia el sentido del apellido, porque no es lo mismo “nueve” que “nuevo”) fue en la casa de una noviecita que tenía, descendiente de alemanes.

Una tarde estábamos afilando en la sala cuando, de sopetón, entraron el pintor en cuestión y mi suegro, ambos en ese tiempo eran personas mayores, viejos. Yo puedo tener apellido europeo del norte, pero soy morocho, y era un pendejo negrito en medio de rubios hasta la maceta, como decimos en Misiones, así que no existía más que para la señorita. 

Los hombres se sentaron frente a nosotros, sin darnos bolilla, creo que ni siquiera hubo un GutenTag. Nosotros, por supuesto, tuvimos que interrumpir el ascenso a una escalera invisible que estábamos construyendo y escuchar el diálogo de los germanos. Porque empezaron a hablar en Deutsch, animadamente. Yo no entendía nada, pero tenía a mi traductora y le preguntaba a cada instante que me vaya diciendo lo que charlaban.

Voy a sintetizar la conversación. 

Básicamente Neunteufel, que era amigo de don Federico, quería venderle una obra. Y aquí la sorpresa nuevamente, porque no era cualquier cuadro, era el trabajo con una insólita e innovadora técnica que consistía en una cantidad de vidrios superpuestos y pegados, todos del mismo tamaño, con la característica de que el primero ilustraba el primer plano de un paisaje, el segundo vidrio lo que la vista mostraba un poco más atrás, el tercero ya se refería a árboles y ranchos más distantes, el cuarto a palmeras de la lejanía y el quinto venía a ser la serranía del fondo, el horizonte y el cielo.

De vez en cuando, yo la miraba a ella, para saber si no me estaba versionando la tertulia, pero la verdad es que coincidía lo que me contaba con los gestos del artista y con lo que yo, sin poder creer del todo, estaba viendo. 

En otras palabras, Nuenteufel trataba de superar la perspectiva de Brunelleschi, del siglo XV, con la simple yuxtaposición de cristales. El punto de fuga, el cono, el escorzo, la idea de claroscuro que ahonda la imagen, la representación tridimensional en una superficie bidimensional, todo, toda la historia del arte, todo, quedaba relegado al olvido.

Pero aquello no concluía ahí. 

El pintor, quizás entusiasmado con su descubrimiento, siguió con un delirio mayor, siempre en el idioma de la Weimar, y yo con mi comentarista al lado que procuraba seguirlo.

Dijo que estaba diseñando un artificio que se podía adosar de manera externa a sus transparencias. Consistiría en la mitad de un aro, una circunferencia incompleta, colocado a unos pocos centímetros de la obra y con sus dimensiones, donde se podría hacer correr, por la elipsis que formaba, un pequeño foquito. Que sería el sol. El caño curvo sería la cúpula del firmamento. Al encender el farolito (que daría sombras y luces a lo graficado como capas), en un extremo, a la altura de la mesa de apoyo, daría la ilusión, en la obra, de la mañana. Corriéndolo al cenit, sería el mediodía. En la punta, del otro lado, el atardecer. Si apretamos la perilla y lo apagamos -dijo- sobrevendría la noche. Nada más simple e ingenioso.

Juro que esto sucedió. Lo que no recuerdo es cómo terminó la conversa. Si Herr Friedrich, mein suegro, compró la obra vanguardista (lo habrá hecho) y qué pasó con nosotros, la parejita, en los instantes que continuaron. 

Lo que me acuerdo es que regresando a casa temprano (mis visitas tenían horarios rigurosos, improrrogables) se me vino a la cabeza lo que había leído sobre un mingitorio al revés, latas de sopa achatadas y enchastres a lo Pollock, que no comprendía.

Entonces me preguntaba ¿qué sentido tiene el arte? Actualmente me sigo preguntando. Hoy, 7 de diciembre de 2019, leo en un diario que en una galería de París se vendió una banana real pegada con cinta a la pared en ciento veinte mil dólares, de un artista italiano. Nadie sabe qué pasará cuando la fruta comience esta tarde, mañana, pasado, a pudrirse.

Pero volviendo a Neunteufel, doy una opinión personal: se notaba que no tenía escuela, ni técnica artística, pero sobre todo no tenía talento. Poseía, sí, la voluntad Schopenhauereana de pintar o posiblemente, para no ser cruel, la necesidad de hacerlo para parar la olla. Me disculpo.

Yo supe con el tiempo adónde iban las latas de pinturas Alba: a las paredes y fondos de cuanto comercio había en la Posadas de entonces. El pobre hombre se rebuscaba pintando murales. Ese era su fuerte. Murales donde había tucanes de perfil, helechos gigantescos, monos titís, tatú mulitas; y desde árboles que ingresaban al encuadre desde costados inabarcables, víboras enroscadas en ramas, papagayos multicolores, y yaguaretés con el cuerpo dibujado de costado y la cabeza mirándonos con furia. Al revés de las figuras egipcias que representaban el cuerpo de frente y el cráneo de perfil. 

Siempre había mucho verde. Justo el verde, que, como es sabido, es el color más difícil de pintar. Es que existía el paradigma de que la selva es verde. Esta idea persiste en algunos escritores y pintores que sienten que el monte, la selva, es una especie de Paraíso. Idea romántica de lo exótico, de lo impoluto, de la inocencia virginal, primigenia, no contaminada por la civilización. Creencia en alguna gente de la inteligencia, fuerza y pureza de la naturaleza, como analogía de lo que debe ser la raza aria.  

Quizás sea eso lo que vino a explorar don Adolf Neunteufel en Paraguay, tal vez persiguiendo la utopía Förster y de la hermana de Nietzsche cuando fundaron la Nueva Germania, que fue una locura. Eran racistas, protonazis o nazis directamente aún antes de que se desatara la pesadilla unas décadas después.  

En los tiempo en que lo veía deambular por el centro de aquella Posadas del recuerdo, y de mis dos contigüidades con el personaje de Kitschfilm, nunca me pareció un hombre agradable. Era hosco o eso me parecía, hierático. Yo no sabía de su historia, ahora me estoy enterando. Solo sabía que vivía en un barco. Posiblemente era lo único que me gustaba porque lo entendía como parte de la bohemia, cuando seguramente era resultado de una carencia de recursos.

Pero, aquí, lo que yo sentía no importa. Lo que posee valor, creo, es la mención de un ser humano, un aventurero, con sus errores y sus aciertos, no sé, tendría que leer el libro reseñado u otra biografía, enterarme mejor de su destino.

Y que más allá de la estampa excéntrica del pintor y taxidermista, que parece que era, y de ahí sus modelos imperturbables que trasponía con fidelidad a las paredes, lienzos y ¡vidrios! más allá de eso, digo, lo bueno de todo este ¿salvamento? rescate o noticia de un hombre es el poder alusivo de un comentario de un libro sobre su vida.

Cómo una historia trae otra y otra. 

Cómo se van concatenando los cuentos del mundo.


Alberto Szretter. Escritor, nacido en Posadas vive en Puerto Rico, ciudad de la provincia de Misiones. Ha publicado cuentos, novelas y ensayos.