in memoriam

#N9gravedad | pensamiento | Àlex Marín Canals

«¡Oh, jodida vejez, putada fina!»

Queridos amigos: me permitiréis que, en esta ocasión, no articule un discurso medio en broma, medio en serio, sobre una teoría y la revista de gravedad para acercárosla como hice con «Apuntes sobre la novela río» porque ha ocurrido un suceso trágico para las letras españolas, para la cultura en general y para mí en particular. Ha muerto Alberto Blecua y me siento incapaz de afrontar la página en blanco siguiendo los preceptos de la «evocación» que postulaba Longino, y que él siempre esgrimía para que los escritores no cayeran en lo sentimentaloide. Pero me siento en la obligación de escribir sobre él, aunque sean cuatro retazos hilvanados de aquella manera, porque le debo mucho más de lo que estoy en condiciones de asumir ahora mismo. 

De hecho, sé a ciencia cierta que a Alberto no le hubiera gustado que me pusiera en plan sentimental, así que os pido, por favor, que no me leáis con el rostro compungido, sino con una sonrisa triste. Le disgustaba que, en la escritura, el autor aburriese al lector, o no hubiera en su escrito una pátina de «fina ironía», distintos niveles de profundidad y un par de verdades con las que el lector saldría, por lo menos, levemente enriquecido de comunicarse contigo a través de la palabra escrita. Eso era lo mínimo que le pedía a cualquier texto y me va a resultar insoportable fallarle a él. En este caso en concreto, me debo a él y trataré de abordar lo poco que pueda decir del modo antes indicado.

Lo conocí en segundo de carrera. Fue mi profesor de Literatura del Siglo de Oro. Lo teníamos dos veces por semana y venía media hora antes para leernos algunos pasajes de El Quijote y comentarlos. Lo hacía por placer y su entusiasmo era contagioso. Esa media hora no era obligatoria y no siempre estuve presente, pero aquel que lo hubiera oído recitar y hablar sobre el libro, me juego lo que quieras a que es incapaz de leerlo sin oír la voz del maestro, y su risa jovial, y su «¡Magnífico!», o su: «¡Esto es estupendo!». Como dijo Joaquim Parellada en su discurso funerario: «Cinco minutos de conversación con él equivalían a horas con otros. Y casi diría, cinco minutos de silencio, también». Cuando callaba ante un pasaje sublime, sus alumnos experimentábamos lo que Freud denominaría el «sentimiento oceánico» en toda su dimensión intelectual.

No sabía yo que en sus clases iba a encontrar tal placer intelectual, ni que me esperaba una sorpresa que cambiaría por completo mi historia. Por aquel entonces yo estaba muy enfermo pero aún no lo sabía. Tenía una neuralgia cada vez más manifiesta. Mi cerebro interpretaba que las cuantiosas cicatrices de mi cuerpo eran heridas abiertas y vivía con tal dolor que llegué a plantearme el suicidio. Físicamente no se me notaba y poca gente lo supo hasta que tuvieron que ingresarme, y hasta que tuve que permanecer en cama unos ocho meses. Antes de que esto ocurriera, en una de sus clases, dijo las palabras que cambiarían mi mundo:

—¿Alguien quiere ser negro literario? Existen distintos modos de entrar en el mundo editorial y uno de ellos es este. Si alguien se siente capacitado para escribir una novela por encargo, yo conozco a alguien que necesita ayuda.

(¡Qué difícil resulta imitar su fraseo! Pido perdón por parafrasearle, ahora mismo soy incapaz de otra cosa.)

Curiosamente, ese día estaba en clase, y junto con alguno de mis condiscípulos nos presentamos voluntarios para lograr el puesto. Me evitaré hablar de las disputas que tuvimos y de las cosas que se dijeron y de los textos, incluso de la calidad de los mismos, que compitieron para obtener su beneplácito pero sí diré que yo fui el vencedor. Acababa de terminar de escribir una novela, había publicado en distintas revistas y tenía la fuerza de voluntad necesaria para llevar el encargo a buen puerto. 

De golpe, Alberto Blecua y un servidor dejaron de ser alumno y profesor, exclusivamente, y pasé a ser un tipo que le ayudaría con una idea que había tenido en clase como una inspiración. Yo lo telefoneaba para preguntarle mis dudas. Él me atendía, me recibía en su casa de Centelles, me recibía en su casa de Barcelona y me invitaba a comer, a visitar librerías de viejo, no se guardaba ninguna crítica a mi trabajo y él te hacía sentir un igual aunque tú sabías que no lo eras. Me ilustraba sobre lo que tenía que leer, el modo en que tenía que abordar el trabajo. Con su mero vivir me enseñaba cómo tenía que enfrentarme ante una porción importante de la vida. Al final, no era una novela lo que tenía que rehacer. Tenía que escribir una novela y un ensayo. Mientras estuve ingresado, mientras estuve en cama, solo una cosa evitó que me quitase de en medio debido a los dolores: escribir los puñeteros libros y oírle a él, aleccionándome sobre lo humano y lo divino. 

Alberto, ¿cómo no me va a apenar tu muerte si me diste la vida?

Cuando todo este calvario terminó, pues, realmente, fue una experiencia traumática, cuyo fin se desarrolló muchos años después, y del que no me está permitido hablar ahora mismo, terminé mis estudios y me habían salido algunas oportunidades de trabajo. Pero Alberto fue taxativo: 

—Lee todo lo que puedas. Durante un año, enciérrate en casa y léelo todo. Lo que sea, lo que puedas, lo que te guste, lo que te disguste. Procura aprender y amar los libros porque son lo mejor que hemos hecho los humanos.

(En realidad, insistió mucho en que leyera a los clásicos y los progymansmata)

Estoy parafraseando. Pero así lo hice. Terminé mis estudios y me encerré en casa. Me levantaba a las siete y pico y leía hasta la madrugada. Para ello, mi familia y mis amigos me prestaban sus carnés de la biblioteca y sacaba todos los libros que podía. A medida que los leía, los apilaba en el sofá cama de mi habitación familiar. Lo telefoneaba y le contaba, una vez por semana, una vez al mes, qué había leído, qué había escrito sobre los libros y elogiaba mi persistencia. Pero, ¿cómo no iba a serlo si él estaba en el otro lado esperando a que siguiera con estas lecciones? Siempre insistía en que debería pasarme por la tertulia del Oxford, en donde había reunido a un grupo de personalidades increíbles, de las que aprendería mucho. Para hacer honor a la verdad, Alberto le decía a todo el mundo interesado en cualquier cosa, que se acercase a las tertulias. Yo tenía veintipocos años y me daba vergüenza. ¡Imaginaos! Había leído La velocidad de la luz de Javier Cercas y me constaba que él había asistido, y lo que allí se podía cocer, y no me sentía digno de tal honor. ¿Qué iba a decir un mindundi como yo en esas circunstancias, en ese sitio? Lo que imaginamos tiene siempre mayor gravedad de la que, en realidad, tiene la vida. Esta es, generalmente, absurda y más bien prosaica. Íbamos a comer picadillo, comíamos cocochas, salíamos a fumar a las terrazas de los bares y hasta fumamos en su despacho muchas veces y me contaba que, en su juventud, había querido ser arquitecto, que había ilustrado los primeros libros de un autor al que siempre me recomendó leer y del que no he logrado desprenderme en ningún momento de mi vida, apreciándolo a través de sus palabras, sobre todo. Me contaba que, de joven, había sido muy bueno en el billar. Y elogiaba a todos mis condiscípulos que habían decidido ser profesores de secundaria. Para él, un profesor de secundaria era un catedrático de mérito. A diferencia de lo que pueda parecer, debido a su posición y a su talento, Alberto Blecua tenía en la mayor consideración a los profesores de secundaria. Él había sido uno de ellos y siempre respetó este noble y esforzado oficio. Y me animaba a perseverar, tanto con la lectura impenitente, como con la escritura.

Después de ese tiempo, volví a escribir libros, manuales por encargo, y a mal ganarme la vida.

—Alberto, no le veo salida a esto— le decía, y él se preocupaba. 

Recuerdo, todos los amigos recordamos, lo cariñoso que era. Siempre te ponía una mano en la cara para hacerte una caricia. Podías ser un médico reputadísimo —yo lo he visto con mis propios ojos—, la chica de un aprendiz de escritor, un catedrático de la Sorbona o un actor y director de teatro. O un simple parroquiano buscando guerra porque hubieras dicho algo malo de un jugador del equipo contrario. Alberto era cariñoso, tenía la lengua afiladísima y jamás pretendía herir a nadie, pero era sincero.

Algunos años después, yo dejé la escritura, entré en la universidad, me fui a investigar a Alcalá y después de profesor a la Université de Dijon. Quería limpiar mi expediente y hacer tabula rasa. Cuando regresé a Barcelona, me rompí el pie y fui a verlo a Centelles. 

—Tienes que venir a la tertulia —me dijo. Y empezamos a encontrarnos todos los martes. Durante tres años y pico, casi cada martes nos encontramos. Y no era tan fiero el lobo: no ha habido un solo día en estos años de tertulia en los que no me haya maravillado ante tal o cual persona que venía a conversar sobre cualquier tema con toda su pasión. Allí he aprendido más de lo que soy capaz de cuantificar. Alberto me prestó su Aftonio, el que consideraba que era el «mejor de los progymnasmata», allí me derivó a Quintiliano, a su querido Fray Luis de Granada, a Trebisonda, a tantísimos otros.

Recuerdo los consejos. Recuerdo la viva emoción que sintió al tener mi primera novela publicada entre las manos. La bronca que me metió por ciertas cuestiones que no consideraba bien resueltas de un pasaje en concreto. Recuerdo que se pasó toda una tarde analizando La carne y la pared, puesto el libro encima de un pañal nocturno que acababa de comprarse, por si las moscas. Y lo que me maravilló la naturalidad con que experimentaba la vida en todas sus facetas. Recuerdo con terror cuando, acompañándole a fumar, se cayó y abrió toda la barbilla y se negó, con furia, a que lo llevásemos al hospital para que lo cosieran. Recuerdo con amor el último abrazo y los dos besos finales, insistiendo en que, al próximo martes, hablaríamos otra vez de los inéditos porque le habían gustado mucho. El último martes.

Por suerte, los humanos hemos desarrollado un lenguaje plagado de metáforas, que definen la realidad verdadera del modo más apropiado. Con «realidad verdadera» me refiero a aquella que experimentamos cada uno, de un modo particular. Es una verdad universal que hoy es martes para todo el mundo, el fuego quema y en la noche puedes tropezarte con todos los muebles de la casa si no vas con cuidado. Sin embargo, el mismo martes que todos vivimos (digamos que es una especie de marco de convivencia) yo lo experimento de un modo diferente al de todas las personas con las que me cruzo: ha muerto Blecua, el maestro de maestros, el amigo, un guía espiritual, un faro desde hace más de once años. Trato de buscar en todos los que me rodean un atisbo de mi propio dolor, un reflejo, pero, para todos, hoy es martes y Alberto no es más que una persona, un nombre, y probablemente ni les suene lo que ha hecho la gravedad al reclamar su cuerpo a aquellos con los que me encuentro. Lo que yo experimento es la realidad absoluta. No conviene tener frases absolutas, diría Alberto, con su proverbial frase: «Esto es así, pero no es así». Tiene que seguir siendo martes para que todos sigamos viviendo en paz con el mundo. Pero yo no puedo sentirlo más que como si la tierra me hubiera arrancado un trozo precioso de vida y de mi propia historia. 

Àlex Marín Canals (Barcelona)
Lector de progymnasmata, sucesor de las tertulias del Oxford y finalista, temporal, de distintos concursos literarios.
Ha publicado las novelas La carne y la pared (Ed. El Transbordador, 2019) y La noche de los cascabeles (Ed. Nazarí, 2018).

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