El campo gravitatorio del arte

#gravedad | pensamiento | Luján Baudino

“El artista crea misteriosamente
la verdadera obra de arte por vía mística.
Separada de él, adquiere vida propia
y se convierte en algo personal,
un ente independiente que respira de modo individual 
y que posee una vida material real.”
—Wassily Kandinsky


Definitivamente, adentrarnos en el campo del arte sin antes tener en cuenta que es un lenguaje con siglos de historia y un sistema de códigos propio, nos acotaría una parte importante del conocimiento que trae consigo y la propia fuerza natural que lo conforma.

La Física, como cualquier otra ciencia humana, pretende crear modelos que expliquen la naturaleza de los fenómenos. La teoría newtoniana de la gravedad fue superada por la de Einstein que, con genialidad hace más de un siglo, contempló desde su concepción la existencia de elementos desconocidos que permiten adaptar el modelo de funcionamiento del universo, como la necesaria y posterior incorporación de conceptos de materia y energía oscura. Según la Física apenas conocemos un 4% de la materia que constituye el universo, el otro 96% no es hasta ahora observable y, lo único que se infiere indirectamente, es que comparten con lo conocido la gravitación. Esto coloca a la gravedad, desde nuestro actual modelo cosmológico, en un lugar tan importante como ser el elemento de cohesión del universo mismo. Estas teorías científicas nos pueden presentar sugerentes conceptos para pensar el arte y su funcionamiento interno y, aunque plantean de manera intrínseca el artificio del lenguaje, la conciencia de nuestra ignorancia y los límites de nuestra comprensión, nos invitan al ejercicio de intentar aprehender, en algún aspecto, el misterio que encierra.

El arte tiene la capacidad de visibilizar lo invisible, de decir aquello que no puede ser traducido unívocamente en conceptos. 

El desarrollo del campo específico del lenguaje visual como tal también tiene poco más de un siglo: es a partir de las primeras vanguardias europeas que el arte se libera a priori de todo compromiso externo para concentrarse en el propio universo visual, lo que permite pensar las posibilidades del arte como medio de expresión humana en sí desde dentro del lenguaje y con una legitimación interna, más allá de los agentes exógenos. 

El arte tiene la capacidad de visibilizar lo invisible, de decir aquello que no puede ser traducido unívocamente en conceptos. Quienes nos abrimos de manera cotidiana a la experiencia estética sabemos que es una fuente inagotable de un conocimiento cierto y verdadero. Esta condición del arte, cuya esencia contiene el misterio del espíritu humano, lejos está de la especulación de cualquier índole o de las categorías habituales de pensamiento concreto. Corresponde, más bien, al ámbito del pensamiento abstracto, donde nuestra mente se conecta con lo trascendente, lo infinito, lo espiritual, en pocas palabras, con el ser, desprovisto de estridencias, esencial, primigenio, de imposible definición, pero con la certeza intuitiva de que es lo que nos integra como parte de un todo.

Uno puede disfrutar de una mayor comprensión intelectual de una obra de arte con información concreta, pero es en la experiencia contemplativa que se transfiere el conocimiento que contiene, ya que es la propia materia el medio. Es, por tanto, un acto que requiere fisicalidad, es decir, presencia de ambos: la obra y el sujeto. Al contrario, a veces tener datos previos, pueden condicionar la experiencia estética que se produce únicamente en ausencia de pensamiento concreto, cuando la mente se dispone completamente al silencio para que, en estado de puro presente, la obra pueda expandirse y desplegar en nuestro interior sus múltiples sentidos. Este conocimiento, resultado de la interacción física entre la obra y el sujeto cuando están dadas las condiciones de recepción, es contenido sensible que modifica al individuo y se va acumulando como un sedimento en nuestro ser, ejercitando nuestros sentidos para poder obtener el máximo de lo que la obra de arte tiene para ofrecernos. 

El arte reproduce y posee a la vez su propia gravedad, en cuanto campo de fuerza vivo, energía y tiempo contenidos en la pincelada, el gesto, el cincel. Pintar, modelar o esculpir una pieza reproduce, de alguna forma, esta intención de un centro de equilibrio, de una composición que convierta a la materia en contenido sensible con sentido. La obra posee un campo gravitacional propio, un sistema de fuerzas activo y constante que trasciende la existencia del propio artista y afecta a quien lo experimenta.

El campo gravitatorio del arte posee una doble naturaleza: la formal, observable en la propia lingüística visual –como es la luminosidad de la figura, de su fondo y sus interacciones de distribución formal y de tamaño dentro de la composición de la imagen, es decir, los propios elementos que responden a un sistema de pesos y equilibrio visual– y la física, por otra parte, que es el efecto de las ondas gravitatorias de las formas que trascienden el objeto impactando en el sujeto para convertirse en una puerta de entrada a otro estado de conciencia, dejando detrás de sí una memoria o conocimiento estético. La primera involucra la visión y, la segunda, la totalidad de nuestro ser. 

En cuanto al aspecto formal de la gravitación artística, cada obra es un universo inédito autocontenido, con una lógica y un funcionamiento que le es propio y, a la vez, está inscrito e integrado al lenguaje plástico que está mediado por nuestra manera de percibir, totalmente ligada a las condiciones vitales de nuestro medioambiente. Esto hace que a cualquier figura percibida se le asocie de forma automática la acción de la gravedad. Esta sensación visual aparece de forma involuntaria y es inseparable de nuestra concepción existencial.

El aspecto formal de la gravedad pictórica puede analizarse –incluso describirse– ya que se inscribe en un lenguaje.

Por tanto, resulta imposible que ante la disposición de los elementos de un cuadro o en una escultura, el artista no sienta pesos y fuerzas que se relacionan a través elementos que construyen el equilibrio, hasta que en su interior sabe que la obra ha llegado a la máxima representación del impulso que le dio origen. Es una relación que se establece con la obra y quien la realiza que, más allá de cualquier especulación teórica, responde a sensaciones internas que quedarán contenidas en el objeto o forma. 

El aspecto formal de la gravedad pictórica puede analizarse –incluso describirse– ya que se inscribe en un lenguaje. En cambio, de difícil definición, el segundo aspecto está vinculado a la dimensión espiritual del arte e implica una conexión profunda con el objeto, ya que el campo de la obra afecta literalmente al sujeto y se expande dejando tras de sí una sensación de totalidad, movilizando estructuras internas en niveles que desconocemos pero que, innegablemente, transforma. Las verdaderas obras de arte –y no lo que, a veces, insisten en mercantilizar como tal–  llegan a un encuentro con lo infinito, que las convierte en testimonios vivos y, a la vez, en puertas de acceso que se integran en el presente de quien las experimenta, desplegando en su potencial epistemológico una verdad plurisémica sin palabras que es transmitida sensorialmente y que produce una experiencia expansiva, de absoluta conexión con el cosmos.

Florencia Giovagnoli Obra Nº 22. Serie 7. Óleo sobre papel, 40 x 30 cm, 2018

Florencia Giovagnoli Obra Nº 16. Serie 7. Óleo sobre papel, 40 x 30 cm, 2018

La obra de Florencia podría funcionar siendo solo color, ya que se sostiene, da la sensación de equilibrio al ojo que mira, o mejor dicho, al cuerpo percibiente, ya que nosotros vemos una obra de arte con todo el cuerpo, no solo a través de la mirada.

Dentro de la obra, la gravedad puede estar dada por el color que sostiene y empuja para sí mismo el peso visual, conteniéndolo y, a partir de la afinación del color, produciendo un escenario donde transcurre la acción, ubicada en un espacio sensorialmente seguro. Es el caso de Florencia Giovagnoli (Santa Fe, 1977). Su trabajo se sostiene básicamente en el sosiego perceptual que crea a través de un delicado tratamiento del color. Su obra es un diálogo un poco incómodo entre el color y un trazo muy particular: las formas que dibuja parecen adquirir un carácter infantil, con el que busca una línea madura que contenga esa ingenuidad, ese deseo, esa primordialidad de cuando era niña. 

La obra de Florencia podría funcionar siendo solo color, ya que se sostiene, da la sensación de equilibrio al ojo que mira, o mejor dicho, al cuerpo percibiente, ya que nosotros vemos una obra de arte con todo el cuerpo, no solo a través de la mirada. Pero el trazo suma tensión al campo visual y es, en realidad, lo que le termina dando una verdadera identidad artística, porque no es lo esperable, no es lo organizadamente bello y porque es a partir de su inclusión en la obra que tiene una marca propia y, además, potencia el aspecto físico de la gravitación pictórica generando mayor profundidad epistemólogica.


Fernando Parrotta Sin título. Impresión giclée sobre papel de algodón. 
Copia 1/5. 70 x 100 cm, 2017

Fernando Parrotta Sin título. Impresión giclée sobre papel de algodón. 
Copia 1/5. 70 x 100 cm, 2017

También la gravedad puede ser una temática en sí misma, como en la obra de Fernando Parrotta (Buenos Aires, 1975), que, además de estar previamente resuelta en el espacio pictórico, la forma se adentra en la representación de la figura que cae lentamente en un espacio simbólico sin tiempo sobre el tiempo finito del plano. Se abre así un diálogo abstracto, de formas que sugieren un movimiento interno continuo, una experiencia que pareciera reproducir nuestra experiencia física del mundo, pero que corresponde, definitivamente, a otro orden. La presencia del horizonte acentúa la sensación de gravedad, pero es en sí la morfología de la mancha o del trazo lo que establece el peso visual y genera la sensación de incesante movimiento. Sus obras son intersecciones de técnicas fotográficas y pictóricas con un resultado final que parece representar aquello que integra el azar con la necesidad de expresar, sin dudar, los estados de su alma.

La meditación como forma de enlace con un estado superior del ser, será el principal elemento integrador a lo largo de su vida artística.

La gravedad es un campo que puede estar citado sin vestigios de ego como en el caso de Silvina Faga (Buenos Aires, 1975). Sus obras pretenden ser la presentación de las energías vitales. Trabaja intencionalmente por eliminar al máximo la mediación, valorando la transformación del tiempo y de los ritmos naturales. Su desarrollo artístico, desde hace más de veinte años, es parte de su práctica espiritual. Su unión de arte y vida la llevan a una conciencia de sí como una obra integral en la que todos los aspectos son parte de una armonía interna que se expresa hacia el exterior. Su camino la vinculó con culturas ancestrales por la pureza del pensamiento alrededor de la Naturaleza. Es así como a partir de la pintura tradicional, pasará por el estudio del arte precolombino y se abocará al estudio de artes orientales como el zenga (pintura zen) y shodo de la mano de grandes maestros como Ho Getsu (Oscar Ortega), entre otros. La meditación como forma de enlace con un estado superior del ser, será el principal elemento integrador a lo largo de su vida artística. Entre sus últimas producciones encontramos ikebanas y piezas de raku  –alfarería tradicional japonesa con orígenes en el siglo XVI– donde busca una emulación de las fuerzas naturales. Su trabajo posee una exquisita sofisticación de la forma que potencia el valor del arte como un medio para humanizar la existencia y expande las fronteras de la práctica artística para ser y, sobre todo, estar en armonía con el universo.

Silvina Faga 
Cerámica esmaltada con arreglo floral de Neomarica northiana. 14 cm, 2019.

Silvina Faga 
Sin título. Arcilla gris. 20 x 13 cm, 2019.

La ausencia de gravedad en la repre-sentación potencia su sentido pictó-rico, como en la serie Immersions de Oriol Texidor (Barcelona, 1974) que desarrolla desde el año 2014. Desde sus inicios en el arte, su lenguaje está definido por la síntesis a través de una economía de medios en búsqueda de la esencialidad de las formas.Enmarcado dentro de la corriente de pintura catalana de Antoni Tàpies por la austeridad formal, el interés por la investigación matérica y el marcado carácter espiritual de su trabajo, Texidor llega con su serie Immersions a un punto álgido de representación. Iconográficamente idénticas, siempre representa el contorno de la figura humana en el centro exacto de la composición en múltiples soportes y técnicas que acentúan la materialidad de la obra y a la vez la inmaterialidad de aquello que representa. 



Oriol Texidor 
Immersió 007. Yeso sobre tabla. 42 x 29,7 cm. 2014.

Dejarse envolver por el arte, aquietar la mente y vivenciar en la contemplación lo infinito que contiene, puede resignificar nuestra existencia.

La composición divide el espacio en las tres entidades del ser: cuerpo, mente y alma, donde la silueta ocupa una tercera parte del total y el vaciado de la misma hace referencia a la condición humana. En Immersions silencia la figuración hasta dejarla casi muda para dar paso a la elocuencia de la espiritualidad del arte a través del recurso pictórico puro. 

Dejarse envolver por el arte, aquietar la mente y vivenciar en la contemplación lo infinito que contiene, puede resignificar nuestra existencia. Ser atravesados por la energía viva que la conforma nos participa de la obra y permite que sea parte de nosotros, para ser con ella, un poco más conscientes de lo que somos y de la fuerza de transformación del arte.


Un paseo visual y musical por el concepto de la gravedad en el arte.


Luján Baudino (Argentina)
Historiadora del arte y editora. Declara que su amor absoluto e incondicional al arte nace con la música, pero la fascinación por sus efectos la conduce al pensamiento estético. Tuvo la fortuna de nacer argentina y formarse en Barcelona. No le teme a las crisis y está segura que de mica en mica, s’omple la pica.

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