Economía y entropía: dos en la carretera

#entropía | transdiciplinas | Edward Martin

En 1967, el cineasta estadounidense Stanley Donen realizó una película que pasaría a la historia del cine por su brillante disección de la institución matrimonial: “Two For The Road” (“Dos En La Carretera”). Se trata de un retrato de situación pintado con fino humor y mucho realismo que logra cautivar al espectador y hacerle reflexionar sobre el asunto de fondo. Una pareja británica (interpretada por unos espléndidos Audrey Hepburn y Albert Finney) viaja de Londres a la Riviera Francesa. Durante su periplo, reviven los comienzos de su relación, los primeros años de su matrimonio y las confesadas  infidelidades de ambos. El paso del tiempo los ha cambiado, por lo que tendrán que resolver un dilema: separarse o aceptarse mutuamente tal como son y seguir delante caminando de la mano. 

La entropía refleja la paulatina incapacidad del actual sistema económico para retornar a su punto de partida, de la misma forma que la pareja protagonista de la mencionada película no puede regresar a la situación original.

La entropía refleja la paulatina incapacidad del actual sistema económico para retornar a su punto de partida, de la misma forma que la pareja protagonista de la mencionada película no puede regresar a la situación original. Cuando estamos pintando un cuadro al óleo, podemos mezclar con facilidad pintura azul con pintura amarilla, si bien nunca podremos separar los restos de azul o amarillo en la pintura verde resultante de la mezcla. Trasladando el símil al terreno económico, es necesario que hagamos un esfuerzo para tratar de comprender que no podemos hacer y deshacer sin cesar en materia de organización de la producción de bienes. Desde hace más de un siglo somos conocedores de ello y, sin embargo, no somos capaces de tomarnos un respiro, hacer una seria reflexión y, como la pareja protagonista de la cinta de Mr Donen, tomar una decisión crucial: construir un modelo de desarrollo sostenible, justo socialmente y respetuoso con el medio ambiente, el entorno y los seres que lo habitan (aunque no sean humanos) y dejar de fingir que todo va bien y que la salud de nuestro matrimonio con el planeta va bien. 

Hace tiempo que sabemos que la obsesión por crecer en cantidad conduce directamente al suicidio colectivo. El cambio climático es una buena muestra del estrés al que hemos sometido a un planeta que no nos pertenece. El crecimiento del PIB es un dogma de fe inquebrantable que actúa como un velo que tapa los ojos. Si las economías nacionales crecen, aunque no seamos más felices, más justos socialmente y sigamos sin cuidar el entorno, los “bienpensantes” y sus voceros a sueldo descorchan champán para celebrar la buena salud económica “a pesar de todo”. Es como si los personajes encarnados por Audrey Hepburn y Albert Finney hubieran decidido continuar casados contra viento y marea y amoldarse a lo que el destino les ofrezca convencidos de que la primera prioridad es el mantenimiento del “status quo” y de las apariencias. Después, que cada cual haga su vida, ignorando la ausencia de calidad en el ambiente íntimo o refugiándose en el confort material para rehuir pensar en el bienestar individual y en la inutilidad de ciertos “sacrificios rituales” propios de conformistas y reaccionarios de toda clase y condición. 

¡Adelante! Crezcamos sin parar, aunque seamos menos dichosos, cada vez menos justos socialmente y contemplando cómo el medio ambiente se degrada hasta cotas más allá de lo comúnmente aceptado como “peligroso”. 

La coyuntura actual señala que hemos emprendido una huida hacia adelante sin molestarnos demasiado en reflexionar sobre el placebo de la felicidad material, el genuino bienestar individual y colectivo, la calidad del medio ambiente o la escasa equidad redistributiva en el reparto de la riqueza. El aumento del PIB es citado, con regocijo, como sinónimo de “riqueza colectiva y buena salud económica”, por iniciados y profanos en materia económica.  ¡Adelante! Crezcamos sin parar, aunque seamos menos dichosos, cada vez menos justos socialmente y contemplando cómo el medio ambiente se degrada hasta cotas más allá de lo comúnmente aceptado como “peligroso”.  Mejor seguir “bien casados”  con dogmas neoliberales antes que poner fin a una comedia matrimonial bañada en hipocresía, frustración y falta de empatía con la madre naturaleza, justo en la dirección opuesta al mensaje del excelente largometraje antes citado. 

La actual crisis de valores éticos y morales debería hacernos parar y pensar. Desgraciadamente, no es así. La inmensa mayoría de los analistas económicos y financieros tienen el foco puesto en los mercados financieros. Les importa menos que poco lo que acontezca en el campo de la economía productiva. Ellos son autómatas a sueldo que propugnan, con vehemencia, volver a los índices de crecimiento de hace años. Caiga quien caiga ¿Es un síntoma de maldad? No. Es pura y simple estupidez. Su mantra monotemático es fruto de una mala digestión de lecturas de economía, y evidencia su absoluta incapacidad de reconocer que no saben cómo salir del embrollo, optando por actuar de voceros de quienes continúan defendiendo un modelo de desarrollo económico depredador que está acabando con el planeta que habitamos. En el fondo, no son capaces de medir las consecuencias de sus actos, reconocer su dogmática arrogancia y proponer una gestión sostenible a través de un gran consenso general que garantice la supervivencia de todo signo de vida (humana o no). Mejor fingir que “no pasa nada” y tomarse unas vacaciones en la Riviera mientras Londres se hunde a golpe de Brexit. Nada que ver con Hepburn y Finney expuestos frente al espejo de la realidad de su relación de pareja. 


Hoy más que ayer, necesitamos que los economistas y los políticos hagan gala de un compromiso ecológico con el planeta y expongan modelos carentes de vicios basados en el dogma del crecimiento. En buena lógica y con la progresiva degradación del entorno natural, deberían plantearse cómo computar de forma real y efectiva la dañina incidencia del dióxido de carbono, la ausencia de agua potable o los vertidos de residuos tóxicos ya que, de no constar como parte de informes económicos oficiales, no se podrá hacer pedagogía a escala global, y seguiremos deteriorando la calidad de vida sin que se hable del impacto económico inherente. 

Si no se comienza a trabajar muy seriamente en el cómputo de los costes de reposición de los recursos naturales enajenados (el petróleo no es precisamente un bien inagotable), y no se reconoce abiertamente el hecho indiscutible de que la contaminación es una agresión económica, es que verdaderamente nos hemos acostumbrado a mantener una tragedia shakespiriana en la que nuestra conciencia moral es la gran traicionada.

La entropía podría ser vista como una cuerda en cuyos extremos se encuentran el orden más estricto y el caos más absoluto. El capitalismo voraz sería un caballo desbocado al que hay que ponerle las riendas de una correcta regulación.

No estaríamos muy desencaminados si considerásemos las crisis económicas como un fiel retrato de la entropía de los sistemas tendentes al desorden, en consonancia con la segunda ley de la termodinámica. Ergo, la entropía podría ser vista como una cuerda en cuyos extremos se encuentran el orden más estricto y el caos más absoluto. El capitalismo voraz sería un caballo desbocado al que hay que ponerle las riendas de una correcta regulación que evite la tendencia al desorden de un sistema socioeconómico que, previsiblemente, se sumirá en una crisis aún más severa que la actual. Su tendencia entrópica creciente producirá desorden (el actual repunte de los nacionalismos y populismos extremistas lo certifica) y desintegración en el seno de un sistema que, si no dispone de una retroalimentación eficaz, se deslizará por una pendiente de degeneración y destrucción hasta fenecer.

Tengamos presente que la falta de retroalimentación es la metástasis que está consumiendo a un sistema económico enfermo de cáncer. En palabras del economista británico Geoff Mulgan: “En contra de lo que se lee en los textos de economía, el capitalismo no es un sistema autosuficiente, dependiendo de otros sistemas, como el ecológico, la familia, la comunidad, y que si estos no son renovados el sistema sufre”.

La cinematografía nos ofrece igualmente múltiples ejemplos de cómo la degeneración es la antesala del colapso de unas prácticas financieras que convierten la inversión en especulación (como defiende el personaje de Gordon Gekko en “Wall Street “, de Oliver Stone), motor de la actual crisis y también de la venidera.  La metástasis del sistema no puede ocultar una crisis general de valores que se traslada al ámbito privado y familiar y, por extensión, al conjunto de nuestro ecosistema. Necesitamos abordar cambios profundos, no para que todo siga igual al estilo lampedusiano sino para sobrevivir como especie y dejar de maltratar al planeta.

La falta de una regulación y una normativa internacional (de obligado cumplimiento) que acote el capitalismo especulativo, ha permitido que los émulos de Gordon Gekko hagan y deshagan a su antojo, engordando a placer con la especulación inmobiliaria y financiera, para una vez agotadas las viandas de su particular festín, darse un buen homenaje culinario a costa de las arcas públicas. Una conducta inmoral que merece ser respondida con medidas legales que consagren criterios de tolerancia cero. Sobre éste particular no falta quien reflexiona hasta llegar a la siguiente conclusión: sin la intervención del ser humano, la naturaleza tiende a evolucionar, automáticamente, sin una finalidad, sólo en una dirección, la de una creciente entropía.

Sin la intervención del ser humano, la naturaleza tiende a evolucionar, automáticamente, sin una finalidad, sólo en una dirección, la de una creciente entropía.

El género humano está infelizmente casado con un planeta al que somete y maltrata sin piedad. En este contexto, ¿por qué se continúa propugnando una concepción de crecimiento cuantitativo como si estuviéramos secuestrados por niños malcriados que nos obligan a repetir sus consignas? La alerta planetaria debe conllevar reeducar en materia económica a través de la formación. El sociólogo y filósofo francés Edgar Morin puso el dedo en la llaga al hablar de una metamorfosis que incluye la radicalidad transformadora de ésta y que vincula a la conservación de la vida o de la herencia de las culturas. ¿Estamos ante una suerte de antídoto que combate y frena las patologías causadas por el exceso de entropía?  

En síntesis, podemos afirmar que con la actual crisis nuestro sistema económico ha entrado en una fase innegable en decadencia, manteniéndose con vida gracias a la intervención financiera de unos gobiernos que evitaron su colapso, endosándonos la factura a los gobernados y con copia a las generaciones venideras. La euforia especulativa va acompañada de un aumento del volumen de crédito, hasta que los beneficios producidos no pueden pagarlo, momento en que los impagos actúan de detonante de la crisis. El resultado es una contracción del préstamo, incluso para aquellas empresas y particulares que sí pueden pagarlo, momento en que la economía entra en recesión. Para evitarla, se han inyectado ingentes cantidades de dinero público incrementando los déficits de tal modo que el endeudamiento público está sustituyendo la caída del endeudamiento privado, para así endosarnos a todos la deuda que pagaremos con aumentos de impuestos (directos e indirectos) para reducir los déficits públicos.

Así pues, tenemos delante de nosotros una sepultura abierta en forma de una entropía creciente, un sistema económico en decadencia, y un neoliberalismo económico irredento y acrítico que ha creado una nueva clase social: la conformada por quienes han amasado enormes fortunas especulando sin medida, y entre los que no se han depurado las debidas responsabilidades judiciales. Tal vez el sistema económico imperante sufra una catarsis o una metamorfosis, pero no está de más pensar en Audrey Hepburn y Albert Finney como representación de la pareja conformada por la economía y la entropía. Si ambas no son capaces de aceptarse y vislumbrar una armoniosa singladura juntos (previa adopción de profundas reformas en su pensamiento y proceder) tendremos muy difícil sobrevivir como especie y legar un mundo mejor a las generaciones venideras.

Edward Martin es corresponsal en Barcelona de El Mundo Financiero (www.elmundofinanciero.com) y profesor de inglés en la Escuela Superior de Protocolo y Relaciones Institucionales (ESPRI). 

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