María cansada

#entropía | metaficción | Zulma Sierra


Los usos de la aflicción.
(Dormida soñé este poema).
“Alguien que amé alguna vez
me dio una caja llena de oscuridad.
Me llevó años entender
que eso, también, era un regalo.”
Mary Oliver 1935 – 2019

Me hubiera gustado conocer a Josef Fischer, pero solo puedo imaginarlo a través de una carta que ni siquiera va dirigida a mí. 

María le escribía a su tía Anna en un lejano 25 de octubre de 1961, desde Stuttgart. ¿Dónde vivía la tía Anna? Nunca lo sabremos. Lo único cierto es que aquella carta se cruzó en mi camino en Barcelona, en abril de 2018, como una clara advertencia de lo que vendría: sería el peor año de mi vida. 

Por supuesto, no me di cuenta hasta que fue muy tarde. La vida va por olas: a veces estás en la cresta y a veces, hundida hasta el cuello; pero no ves venir a la maldita ola. Solo cuando estás ahogada, te das cuenta de que estás pisando fondo y es inútil mover los brazos queriendo nadar, porque estás debajo o adentro. Nunca lo sabes, nunca lo sabrás. Despiertas aturdida y mareada cuando por fin llegas a la orilla, y crees que no puede venir otro golpe más. Mentira: detrás de ti viene un tsunami.

Josef Fischer no lo sabía, pero estaba condenado a morir en la clínica psiquiátrica Liebenau de Württemberg. ¡Pobre! Trabaja a diario en el establo y ya sabe ordeñar muy bien las vacas; de manera que aspira a salir pronto para ganarse la vida como granjero. De todo esto me entero en la carta, como si fuera testigo muda y atemporal de una historia familiar que no me concierne, pero de la que no puedo desprenderme.

Sin embargo, mi querido Josef no sabe que el doctor ya firmó su sentencia: 

Imposible abandonar el centro psiquiátrico por riesgo de sufrir tres brotes al año. 

Así se lo explica María a su tía Anna. Cada vez que venga un brote, Josef se pondrá apático y no querrá comer ni dormir. 

Puedo suponer que sufre trastorno bipolar, depresión, psicosis o esquizofrenia… También cabe la posibilidad de que el doctor mienta y solo quiera mantener a Josef aislado del mundo. Tal vez le convendrá mantenerlo como granjero en su hospital, o sabrá que sus tratamientos sólo son eficaces en ambientes controlados, o lo tendrá en experimentación sin que su familia lo sepa. ¡Todo cabe en el terreno de las entrelíneas que voy completando!

Puedo imaginar a Josef planeando su vida fuera del hospital, ilusionado mientras convierte minutos en horas interminables de proyectos personales. Y puedo imaginarlo porque yo misma tuve mis momentos de ilusión este año: iba a clases de ruso, compré guantes de piel, cambié mis viejos zapatos por unas botas resistentes y pasé mucho tiempo imaginando nuevos escenarios para mis próximos meses. Pensaba en los largos recorridos en el metro, en cómo calcular la cantidad de ropa que necesitaría para las mañanas heladas y en cuánto tiempo necesitaría para acostumbrarme a las tardes oscuras. Incluso llegué a hacer un listado de cosas indispensables para mi nueva ciudad: melatonina para dormir mejor, vitamina D para suplir la falta de sol, bolsa de agua caliente por si acaso, aceite de oliva y buen vino (porque en cualquier circunstancia resulta indispensable).

Hasta conseguí unas tijeras para cortarme el pelo, porque ¡cómo iba a explicar en una peluquería que no me gusta el flequillo pero necesito dos capas más cortas adelante y un escalonado atrás!

Josef y yo planeábamos al margen de lo que otras personas decidían por nosotros. No sabíamos que nuestro camino estaba marcado desde un comienzo y que cualquier proyecto individual, por bello que pareciera, resultaría inútil. 

Es extraña esta sensación de compartir escenas de forma paralela con un desconocido que habita otra dimensión; pero de alguna manera, también resulta reconfortante saber que no estás sola en tu desgracia y que quizás en otro lugar-tiempo hay gente que sufre más o menos lo mismo que tú.

“1. La energía del universo es constante. 
2. La entropía del universo tiende a un máximo.”
Rudolf Clausius (1822 – 1888)

Dicen los científicos que la flecha del tiempo solo tiene un sentido: hacia adelante, así que por más esfuerzos que hagas por deshacer tus propios pasos, estarás condenado a quemar una energía que no produce nada. Te seguirás muriendo con cada segundo que pase y nada de lo que hagas te permitirá volver atrás en el tiempo para recomponer lo que has roto. 

Sin embargo, ya se sabe que la nostalgia es cabrona. Cuando quieres convertir un recuerdo en un chute de energía, tu memoria se encarga de edulcorarlo; pero cuando quieres latigarte, tu cerebro le pone un filtro sepia, amargo y tormentoso. Por eso creo que, aunque mis lágrimas brotan por generación espontánea, también es cierto que me gusta consentirlas con recuerdos. De vez en cuando doy a mi cuerpo la orden de fustigarme con la memoria de estos últimos 14 años y me hago daño, me aíslo en esta cárcel mía, tan llena de paredes infranqueables. 

¡¿Quién quisiera vivir así?! Ni Josef ni yo, pero la diferencia es que él tiene esperanza.

Rezaré cada día por vosotros, por la tía, por Peter, por Heinz, por Stephen y por Wilfred, 

Fueron las palabras con las que Josef se despidió de María en el Psiquiátrico, al parecer, con la promesa de que María le pidiera a la tía los pantalones de Stephen que ya no usara. 

María cumple y le pide a Anna en su carta que le guarde ropa, porque seguro que Josef sabrá aprovecharla. ¡Quién sabe cuándo recibió Anna la carta con el pedido! 

A veces me despierto en medio de la noche pensando si la carta llegó a su destino o no. En serio. Me quedo tranquila sabiendo que es de 1961 y que no es mi culpa haberla encontrado tirada en la calle, pero ¿dónde estuvo antes? ¿la pudo leer Anna? ¿la respondió a tiempo? No sé. No sé ni siquiera por qué estaban estas dos hojitas en la esquina, como esperando a alguien que quisiera recogerlas. 

La letra de la máquina de escribir es un imán para mí; así que en cuanto vi dos frases en tinta muy negra sobre aquel pedazo de papel, un poco más grande que una postal, me apresuré a cogerlo. Resultó que no era uno, sino dos trozos de papel: el primero escrito por ambos lados y el segundo, solo por una cara. La otra parte del papel tiene unos rayones infantiles. 

Los papeles estaban ahí, bien doblados, justo en la esquina por la que yo pasaba y no pude resistirme: los agarré y los fui “leyendo” camino a casa. 1961. Stuttgart. Alemán. Alemania dividida en dos. ¡Vaya momento!

Quiero recordar que miré hacia diferentes puntos, por si encontraba alguna mirada cómplice que reclamara la carta o, al menos, que me autorizara a levantarla. No la encontré. Me sentí con el pleno derecho que otorga el destino a coger un par de papeles viejos y amarillentos y llevármelos a casa. 

Meses después con la carta traducida al español entendí que aquella historia no había llegado a mí por casualidad, sino que de alguna manera estaba vinculada con la mía. 

Al igual que yo, María trabaja muchas horas al día y no encuentra paz en su casa. Al igual que yo, adora la máquina de escribir y busca rincones en el papel para seguir escribiendo, porque no se conforma con las líneas paralelas y horizontales que dicta  el espaciador de la máquina, sino que va sumando líneas perpendiculares en los bordes y las esquinas, como haciendo anotaciones importantes al margen o poniendo sus post-it particulares en rinconcitos estratégicos. Y al igual que yo, María detesta la oscuridad que sobreviene cada tarde, en noviembre. 

En unos pocos días será el día de Todos los Santos y después viene Noviembre que me causa preocupaciones cada año por toda la niebla y la melancolía. Siempre pienso que si muriera alguna vez, segurísimo sería en noviembre.

¡Qué hermosa palabra es melancolía! Victor Hugo decía que “la melancolía es la felicidad de estar triste” y no se me ocurre mejor definición. ¡El placer absoluto por llenar de sepia los recuerdos! Esa foto imborrable que te invade por completo y te llena de éxtasis. Como si el laberinto que transitas tuviera una salida que no quieres descubrir, y te empeñas en dar vueltas sin sentido solo por la emoción de sentirte viva y jodida.

“Una sola palabra: entropía. 
Todo lo que nace muere. 
Cuando nacemos empezamos a morir. 
Yo llevo 94 años viviendo, es decir, 94 años muriéndome. 
Es un proceso vital.”
José Luis Sampedro (1917 – 2013)

Supongo que si yo pensara en la muerte, en planear la muerte, no sería en el pálido noviembre europeo, sino en el lluvioso agosto del Pacífico colombiano. El mar embravecido y oscuro, el cielo nublado y el bochorno permanente me parecen un buen marco para la huida. Me quedaría absorta por un buen rato e intentaría caminar mucho, pero no hacia el mar como se supone que debería hacer, sino por la playa internándome hacia la selva. 

No hay escapatoria. O te lanzas al agua o te dejas engullir por la selva. 

Lo único que me detiene es pensar que se tratará de una muerte lenta y dolorosa. A lo mejor el veneno de una serpiente o una caída aparatosa con varios huesos rotos o simplemente, el hambre que te puede ir consumiendo por muchos días. Debe ser terrible tener la consciencia de que aquello es un suicidio, que decidiste morir de la manera más  pausada. 

Vuelvo al aquí y al ahora con más desolación que certezas, pero con un único convencimiento: paso noviembre en Europa y sigo viva. 

Sola, cagada de miedo y agotada, pero viva. 

Ya dije que mi “aquí” y mi “ahora” son una nebulosa de recuerdos, de instantes, de pasados. De manera que no puedo dar un paso al frente sin retroceder dos. Es la única lógica que me sostiene y me alimenta. O tal vez la única que me permite entender el presente.   

¿Cuándo te detienes? ¿Cuándo decides que es suficiente? Tal vez un grito que solo tú eres capaz de detectar te obliga a hacer un alto para salir del túnel. El mío es largo, cómodo y amplio, y por eso es fácil seguir allí adentro. 

“Un organismo vivo produce entropía positiva y por ello 
tiende a aproximarse al grado de entropía máxima 
que es la muerte. Para evitarlo, se alimenta.”
Erwin Schrödinger (1887 – 1961)

— Es bastante guapo, más o menos una cabeza más alta que yo, con pelo rubio oscuro y ondulado, ojos grises claro y tan parecido con tía Thea, que te sorprendería. ¡Exactamente la misma nariz! Lamento que sea gordito -esto es por su enfermedad y su apetito sorprendente-. 

Así describía María a su Josef. Los imagino hermanos y me alegro por ellos. Es bueno contar con alguien que te conoce bien y te quiere, cuando estás condenado en un hospital psiquiátrico o cuando lo único que te hace feliz es recostar la cabeza en las piernas de quien no sabe cómo consolarte, pero se queda contigo a pesar de todo. 

Me gustaría tener a la mano el DeLorean DMC-12 de Back to the future para instalarme en el momento exacto en que Anna está leyendo la carta y pensando cómo estará de alto o de gordo su querido Josef, y si le quedará bien o no la ropa de Stephen, su marido. 

Aunque, ahora que lo pienso, hubiera agradecido más que el DeLorean me transportara a mi propio futuro: a cuatro meses después de encontrada la carta. 

Me vería caminando por el Parque Gorki de Moscú, con una cerveza en la mano, y unas ansias locas de fumar. Me vería impaciente, nerviosa, agitada y sin rumbo. Lo más curioso es que me vería sola. Estaría sola por un parque fascinante, lleno de historia, pero no se me vería contenta, ni curiosa, ni expectante. Todo lo contrario, en mi cabeza solo podía escucharse un insistente me quiero ir ya de esta puta ciudad.

¿Qué se supone que debes hacer cuando te enteras que has viajado kilómetros para retomar tu relación de pareja, pero te encuentras con que esa relación ya no existe? Tú creías que sí. Estabas convencida de que todo estaba bien, habías hecho y deshecho equipaje para que tu vida pesara exactamente los 23 kilos que exige la aerolínea por cada maleta. Habías vendido, regalado, cambiado y tirado cosas que no servían “allá”, que no hacían falta “allá”, que ya se reemplazarían “allá”. Pero ese “allá” era evanescente.

Habías hecho todo lo que se supone que tenías que hacer, excepto preguntar si todavía te querían.

Eso no lo hice. 

Cuando releo la carta, la traducción al español de la carta alemana, encuentro cada vez más semejanzas conmigo. María está triste y se disculpa con su tía porque no puede transmitirle otra emoción.

— ¿Recibes una carta tan triste hoy, verdad? Discúlpame, me siento así actualmente.

Es posible que los objetos se impregnen con nuestros sentimientos. Es posible que aquella tristeza tan honda haya quedado grabada para siempre en el papel y que ese haya sido el verdadero motivo que me atrajo para cogerlo. 

Mi carta-triste me acompaña desde hace más de un año y es probable que ambas nos hayamos encontrado porque nos necesitábamos. Como una especie de exorcismo mutuo.

Si María está viva, será una anciana y se sentará a recordar los años 60 como los más agotadores de su vida. Ella, que trabaja tanto, y debe cuidar a tres hombres en casa, tiene que pedir un día de vacaciones para poder visitar a su Josef, por el que siempre está tan preocupada.

Lo de los tres hombres a su cuidado no es una suposición mía. Lo dice ella misma en aquellas líneas perpendiculares que atraviesan el papel, de abajo hacia arriba en el margen izquierdo. 

— Vuelvo a escribir esta carta en la oficina antes de irme a casa. En casa no tendría tiempo. Desde este septiembre vive un sobrino de Heinz con nosotros, porque se presenta al examen de maestría en Stuttgart durante 6 meses y por eso tengo que ocuparme de 3 hombres ahora. Puedes imaginar cómo tengo que acabar. Muero de sueño cada noche antes de dormirme.

He tirado a la basura mis anotaciones de las clases de ruso, pero una lección se me quedó grabada sin asomo de duda: en ruso no existe la conjugación en presente de los verbos “ser” y “estar”. 

La profesora decía que sonaba tal cual como el estereotipo de ruso salvaje en las películas gringas: “yo madre”, “ella bonita”. Y tampoco hay artículos. Del pronombre al sustantivo o al adjetivo, sin ninguna anestesia. Pero pasado y futuro sí tienen. Los rusos fueron o serán, pero no son ni están. Sobreentienden el presente porque gramaticalmente lo dan por hecho. 

¡Cómo no me di cuenta de que mis clases de ruso eran una lección de vida invaluable! Yo no tengo presente allí. No existo en tiempo presente porque nunca estuve ni estaré. Puedo imaginarme a mí misma como a un holograma que hizo escala en el aeropuerto Domodédovo para saltar de un avión a otro en cuestión de segundos. 

Pero como he dicho al comienzo: nunca lo ves venir. No te das cuenta de las señales que la vida, que la gente y las circunstancias te van poniendo en el camino para que pises con cuidado y elijas los atajos correctos. 

(en ruso no existe el verbo ser ni estar en presente
en ruso no existe el verbo ser ni estar en presente
en ruso no existe el verbo ser ni estar en presente
en ruso no existe el verbo ser ni estar en presente
en ruso no existe el verbo ser ni estar en presente)

Lección aprendida. 

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Dirección para enviarle pantalones a Josef:

Liebenau / Kr. Tettnang / Württemberg

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Zulma Sierra (Colombia)
Se defiende con palabras escritas desde que era muy chiquita.
Todavía no ha crecido lo suficiente, pero va por ahí creyéndose
periodista o copy o community manager o correctora o editora
o lo que le digan que puede hacer con sus letras.


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