Mate amargo y café vienés

#entropía | metaficción | Carlos Piegari

«Me ha encantado desempolvar estas historias, de verdad,
pero supongo que los demás las recordarán de una manera muy distinta a la mía.
Creo que lo mejor será repetirlo desde el principio…»
John Cleese. Monty Python
Autobiography

Las bibliotecas siempre fastidiaron mi vida. Hegel y Lovecraft deben estar por allá, King y Cortázar por algún otro lugar, Henríquez y Tavares puede que más cerca. A pesar de las diásporas personales siempre llevo conmigo dos libros que nunca abandoné tras las mudanzas. Una edición de 1953 de Stefan Zweig y otra de Borges del 61. La del austríaco, un ejemplar de la legendaria colección Austral de Espasa-Calpe que reúne dos cuentos: Una partida de ajedrez y Una carta. El otro es el clásico Ficciones, publicado por la editorial Emecé. Libros pequeños, ambos del mismo tamaño, de bolsillo, estoicos en su envejecimiento irreversible, si se dobla una hoja para marcar la página el papel se deshace como polvo de estrellas. 

La edición de Ficciones de Borges se basa en la primera tirada pero agrega tres cuentos más. Eso no importa mucho, más que en la página 117 siempre resiste echado en su catre Funes el memorioso. Un cuento ambientado en el Uruguay, aunque para todo aquel que alguna vez viajó al interior de la provincia de Buenos Aires, en tren o coche, atravesando esos pueblos sin un alma en las calles de tierra, con almacén de ramos generales construido con ladrillos a la vista, significa algo así como la Torá, la Biblia y el Corán resumidos en diez páginas. Durante años escondí mi devoción por ese relato, quizás porque fue uno de los cuentos de la mitología borgiana más mentados por cualquiera que quisiera ir de culto en la televisión, tertulia radiofónica o tesis de licenciatura. 

El Ireneo Funes de Borges era como un pariente lejano. Esa peregrinación a la deep Pampa, desde chico abasteció un imaginario de lagunas, estaciones de trenes importadas de Inglaterra, gauchos a caballo, campo y más campo, corrales y vacas, muchas vacas. De hecho, cuando uno aprendía a escribir, el primer acto de fe que cumplía con la patria era redactar una «composición» ritual… La vaca

A Stefan Zweig lo sentí siempre más inaccesible. Un familiar que ocasionalmente enviaba una postal desde Europa. Durante la adolescencia conocí al Doctor B,1 leí que viajaba en una nave trasatlántica llena de pasajeros que no venían de Italia o España (como la mayoría de mi parentela), jugando al ajedrez, con acentos checoslovacos, ingleses o austríacos. Costó bastante trabajo diseñar mentalmente el escenario. Pero algunos tópicos tentaron mi interés desde la historia que narra Zweig: el barco y su travesía amodorrada, el puerto de destino era Buenos Aires y había nazis siniestros. 

Y llegó el momento en que decidí asomarme a la memoria irreversible, extensiva y desordenada que comparten Ireneo Funes y el Doctor B. El protagonista del cuento de Borges padece un «don» maldito, heredado luego de un infortunio accidental. Es un insomne permanente, incapaz de olvidar, que no puede filtrar sus percepciones. «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo.» En sintonía, el personaje que construye Zweig desarrolla, también por terrible eventualidad, una memoria múltiple y anticipatoria con una «división absoluta de la conciencia». Ambos sujetos están escindidos, rotos, condenados a no poder volver a reunir jamás los fragmentos de sus identidades. 

Apenas comencé con los primeros apuntes sobre estas memorias entrópicas encontré pistas de que, el cuento de Stefan Zweig que correspondía relacionar con el de Borges era en realidad Mendel el de los libros, me hice con un ejemplar. Lo leí y consideré que no le llegaba ni a los talones a Una partida de ajedrez. Fue escrito en 1929 y cuenta una historia triste que protagoniza un corredor de libros que se llama Jakob Mendel. El hombre viene a ser una especie de Amazon ambulante en la Viena del Imperio Austrohúngaro, que lleva dentro de su cabeza la totalidad de los títulos y catálogos habidos y por haber sobre todos los temas posibles. Una circunstancia fortuita cambia la rutina de sus días, descompone el equilibrio de la biblioteca mental que sustentaba su yo y el hombre se desquicia en mil pedazos. Tal vez, cuestiones como la memoria azarosa que estalla y los textos multiplicados sin tiempo ni medida, influyeron, tal como algunos creyeron, en que Borges tomara este cuento de Zweig como inspiración.

(…)

1. Protagonista de Una partida de ajedrez.


El texto completo está publicado en el N8 de la revista Tusitala. Puedes adquirir un ejemplar digital o en papel en este enlace:
https://tusitalaproject.com/mecenas/

Carlos Piegari (Buenos Aires). 1a temporada: un lóbrego conservatorio musical. Escapa, es recapturado, lo embarcan a Italia. Regresa, uno que otro premio literario, compone canciones. Algo de eso tiene éxito.  Nueva temporada: los Blue Meanies toman el poder, los esquiva viajando a España. Vuelve a casa para Navidad. Estudia Filosofía y otras cosas más. Varios capítulos de aventuras los graba en el Alto Paraná como burócrata de la cultura y escritor polimórfico. Última locación, Barcelona. La productora celestial aún no le canceló el contrato, está negociando. 

http://www.kitschfilm.com http://www.aparatobarrio.org http://www.suturart.com

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